Categoría: El guionista en la piscina
17 Noviembre 2006
Como cada día a media tarde dejaba mi lugar de trabajo para llegar por fin a casa y descansar. Un día algo aburrido, pero que inevitablemente estaba a punto de dar un giro de 180 grados. Salgo de este enorme edificio que todos pueden ver en la cabecera del programa Noche Hache y espero un autobús. Parecía una especie de premonición. Casi casi, una versión original subtitulada iba a sorprenderme dentro del autocar.
Efectivamente, me senté hacia la mitad y a mi lado una religiosa de cara alegre me saludó. Todo parecía resultar mundano hasta que la amable acompañante levantó su bolso del suelo. ¿Qué sacaría? Unos pañuelos, unas gafas, no sé... ¿el móvil? No, no sean ingenuos. Sacó unos cascos prehistóricos de esos que ya no se fabrican, con el hierro anatómico para la cabeza y las orejeras negras que ya solo aprecen en vídeos musicales de algún popero excéntrico.
Todo quedó en mera anécdota. Lo que no voy a olvidar en un tiempo es lo que aconteció después. El autobús se debatía entre la lluvia para lograr entrar en Castellana. Pero pronto esta amiga superstar pareció entonar una canción. Sí, esa canción de La Oreja de Van Gogh en la que dice "me abrazaría al diablo sin dudar". ¡Por Dios! y nunca mejor dicho. Parecía, como digo, Versión Original Subtitulada del programa de Eva. Piénsenlo y ya me dirán si no es para reírse. Yo estallé en carcajadas, como la mayoría de los viajeros. Resultó más surrealista que encontrarte a una jirafa en el metro (Aunque, a estas alturas, todo puede pasar).
A partir de ahora, recuerden: hasta en el autobús se pueden vivir momentos intensamente diabólicos.
SIGUIENDO CON LOS FREAKS DEL MUNDO
¿Qué pasa si juntas un abrigo corto hasta la cintura rosa chicle estilo caniche, un pitillo de leopardo unos zapatos rojos de tacón de salón y la mujer va maquillada y peinada estilo carmen de mairena?Y es una mujer seguro. Pero lo que es mejor es que va la mujer como llueve se resvala con el bordillo de la acera lleva el bolso abierto y alaaaaaaaaaa todas las cosas volando por los aires.
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18 Octubre 2006
Mañana de lunes, horas de reflexión mientras camino por la Gran Vía madrileña. Ya se nota que el otoño ha llegado, no sólo porque ya empiezo a ver abrigos de piel –sí, han leído bien- sino también porque la variedad de culturas y gentes ha hecho por fin acto de presencia. Madrid vuelve a convertirse en el hormiguero que en los meses estivales queda desierto.
¿Y a qué viene todo esto?, se preguntará el lector. Lo he traído a colación por un asunto que me parece curioso: la extraña inclinación humana que en estos tiempos tiende a etiquetarlo todo. No decimos ciudadano, decimos pijo, indie, gay o viejo verde, por nombrar algunos ejemplos. He leído que muchos filósofos coinciden en afirmar que esto se debe a una necesidad del hombre por controlarlo todo. Hasta la más insignificante mota de polvo debe tener un nombre para poder hablar de ella. Ahora bien, desde mi punto de vista creo que todo tiene un límite y es ahí desde donde debemos buscar un equilibrio. Ni podemos llamar a todo cacharro –práctica muy extendida, por cierto- ni es justo que nos dirijamos al otro como miembro de un gueto.
Todo esto viene a cuento de una conversación que hace unos días escuché en un café cercano a mi casa. Dos chicas jóvenes, estudiantes de Medicina, discutían sobre el novio de una de ellas. La conversación podría ser la siguiente:
- Tía, no digas eso. Mi chico no es casual – contestó Chica A.
- ¡Jo, ni que tu supieras lo que significa eso! – dijo Chica B.
- Bueno, habiendo vivido toda mi vida viendo a mi madre vestida de Chanel… - respondió Chica A.
- También es verdad… - acabó pensativa y sumisa Chica B.
Quizá ahora se entienda mejor el motivo de mi reflexión. No culpo a nadie, me merece el mismo respeto, pero no deja de parecerme curioso lo que puede llegar a significar una cultura etiquetada, como la nuestra.
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11 Octubre 2006
Cae la tarde y me dispongo a entrar en ese estupendo medio de transporte que es el metro. Casi con mascarilla, consigo entrar, aunque me cuesta mi tiempo. ¡Por Dios! Estoy seguro de que hay gente que se dedica todo el día a deambular por los pasillos y recodos del subsuelo madrileño. Ya en el vagón, algo llama mi atención. Al lado de uno de los asientos... tesoro número 1. Un sofá y sobre él una señora (sí, señora). De donde haya salido el pintoresco pack señora+sofá prefiero no saberlo. De lo que sí estoy seguro es de que, una vez más, la realidad superó todos mis intentos de crear historias.
Tesoro número 2. Chica vestida de rosa y gafas tamaño industrial ("lupas", diría yo) apenas se puede advertir entre la multitud sentada si no fuera por una rocambolesca flor de colorines fashion que lleva encima del pelo. Sí, más bien podría llamarse "Chica pegada a una flor primaveral", a modo de cuadro vanguardista francés.
Un día más, perdido en la ciudad, estos son los resultados. En breve, la segunda parte de "Los tesoros del metro", un mundo por explorar que ya está viendo la luz (gracias a mí y nunca mejor dicho).
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9 Octubre 2006
Suena el despertador. Madrid ha amanecido un día más. Como cada mañana, los tesoros esperan en cada rincón, en cada puerta, en cada banco, en cada esquina, en cada acera… Tras desayunar mi vaso de leche con galletas, me dispongo a salir a la calle. Cruzo el umbral de la puerta. Primer tesoro. Señor vestido con camisa blanca, bermudas, corbata roja, calcetines blancos hasta la rodilla y zapatos náuticos me mira desde el otro lado de la calle, como buscando… ¿qué? A) ¿una señorita que le hable? o B) ¿una “tierra que le trague”? Sí, con el comodín de la llamada consigo saberlo: la respuesta A es la correcta. Una joven vestida de una conocida marca, guapetona y atractiva, se ve irremediablemente atacada por la mirada de aquel hombre.
Doblo la esquina, al lado de la ferretería en la que ya me conocen después de mi mudanza. Segundo tesoro. De repente, no sé cómo, una mujer frondosa aparece de entre la multitud. Se la ve por una sencilla razón: un pedazo de lazo verde que de lejos más bien parece una lechuga, sí sí, LECHUGA, corona –nunca mejor dicho- su cabellera azabache que no sabe ni para dónde le da el aire. ¿El resto del atuendo? 
Después de estos dos primeros tesoros, ¿aún tienen valor para hacerlo aquellos que afirman que las películas de Almodóvar son surrealistas? Yo me río. Próxima entrega… Los tesoros del metro.
(Esto es un hecho veridico. Aunque no os lo creáis, si vas a Madrid estas cosas ocurren)
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9 Octubre 2006
Periodista y guionista freelance, Íñigo aterriza en este site para contar las innumerables anécdotas y describir los inquietantes tesoros con los que le toca lidiar. Desde Madrid y para el mundo.
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